martes, 14 de enero de 2014

Días de Sangre y Resplandor Cap 2.

2.
CENIZAS Y ÁNGELES.


El cielo sobre Uzbekistán, esa misma noche.

El portal era una hendidura en el aire. El viento se deslizaba a través de él en ambas direcciones, siseando como si respirara entre dientes, y allí donde los bordes ondeaban, el cielo de un mundo dejaba a la vista el del otro. YooChun contempló la interacción de estrellas a lo largo de la grieta, preparándose para atravesarla. Desde el más allá, la luz trémula de las estrellas de Eretz se tornaba visible/invisible, visible/invisible, igual que él. Habría guardias al otro lado, y no sabía si dejarse ver.

¿Qué le esperaba en su propio mundo?

Si sus hermanos lo habían delatado como traidor, los guardias lo prenderían nada más verlo —o lo intentarían—. YooChun no quería creer que JunSu y JaeJoong pudieran haberlo abandonado, pero sus últimas miradas permanecían frescas en su memoria: la furia de JaeJoong por su traición, la repugnancia callada de JunSu.

No podía arriesgarse a que lo atraparan. Lo obsesionaba otra mirada, una más cortante y reciente que las de sus hermanos.

La de ChangMin.

Dos días atrás, lo había abandonado en Marruecos lanzándole una mirada tan terrible que casi habría preferido que lo hubiera matado. Su profunda pena no había sido lo peor de todo. Fue su esperanza, aquella esperanza desafiante y fuera de lugar de que lo que le había contado no podía ser cierto, cuando él sabía con absoluta desesperación que sí lo era.

Las quimeras habían sido destruidas. Su familia estaba muerta.

Gracias a él.

La desdicha lo carcomía. Lo iba devorando a mordiscos y notaba cada uno de ellos —a cada instante el desgarro de unos dientes, la amargura que lo comía por dentro, la certeza de lo que había hecho lo oprimía como una pesadilla de la que fuera imposible despertar—. En ese momento, ChangMin podría estar hundido hasta los tobillos en las cenizas de su pueblo, solo en las negras ruinas de Loramendi —o peor aún, podría estar con esa cosa, con Razgut, que lo habría llevado de vuelta a Eretz—, y ¿qué sería de él?
Tenía que haberlos seguido. ChangMin no lo entendía. El mundo al que iba a regresar no era el de sus recuerdos. Allí no encontraría ayuda ni consuelo —solo ceniza y ángeles—. Las antiguas Tierras Libres estaban llenas de patrullas seráficas, y las únicas quimeras supervivientes iban encadenadas en dirección al norte, delante de los látigos de los tratantes de esclavos. Le verían —¿cómo iba a pasar desapercibido con su pelo lapislázuli y su vuelo deslizante y sin alas?—. Le matarían o le capturarían.

YooChun debía encontrarlo antes de que otro lo hiciera.

Razgut había asegurado que conocía un portal y, teniendo en cuenta lo que era —uno de los Caídos—, probablemente fuera cierto. YooChun había tratado sin éxito de seguirles el rastro y, finalmente, no le había quedado otra opción que regresar y poner rumbo hacia el portal que él mismo había redescubierto: frente al que se encontraba ahora. Durante el tiempo que había desperdiciado volando sobre océanos y montañas, podría haber sucedido cualquier cosa.

Se decidió por la invisibilidad. El precio a pagar era fácil de obtener. La magia no era gratis; costaba dolor, y la antigua herida de YooChun abastecía dolor en abundancia. No le suponía ningún esfuerzo acumularlo y cambiarlo por la magia que necesitaba para desaparecer de la vista.

Luego, se dirigió a su casa.

Los cambios en el paisaje fueron sutiles. Las montañas de aquí se parecían mucho a las montañas de allí, aunque en el mundo de los humanos había visto las luces de Samarkanda brillando a lo lejos. Aquí no había ninguna ciudad, solo una atalaya sobre una cima, un par de guardias seráficos caminando arriba y abajo tras el parapeto y, en el cielo, el verdadero rasgo distintivo de Eretz: dos lunas, una resplandeciente y la otra fantasma, apenas visible.

Nitid, la hermana brillante, era la diosa quimérica de casi todo —excepto de los asesinos y los amantes secretos—. Esos quedaban para Ellai.

Ellai. YooChun se puso tenso al verla. Te conozco, ángel, podría haberle susurrado, pues ¿no había vivido durante un mes en su templo, no había bebido de su arroyo sagrado, e incluso sangrado en él cuando el Lobo Blanco casi lo mató?

La diosa de los asesinos ha probado mi sangre, pensó YooChun, y se preguntó si le habría gustado y querría más.

Ayúdame a encontrar a ChangMin a salvo y recibirás hasta la última gota.


Voló hacia el suroeste, arrastrado por el miedo como si fuera un anzuelo, más rápido cuando el sol se levantó y el temor se transformó en pánico a llegar demasiado tarde. Demasiado tarde y… ¿qué? ¿Encontrarlo muerto? Revivió una y otra vez la ejecución de Max: el golpe sordo de su cabeza al caer y el repiqueteo de los cuernos que evitaron que rodara fuera del cadalso. Y en su imaginación dejó de aparecer Max y surgió ChangMin, la misma alma en un cuerpo diferente, esta vez sin cuernos que detuvieran su cabeza, solo el improbable tropiezo de la seda azul de su pelo. Y aunque ahora sus ojos fueran negros en vez de marrones, se apagarían de igual modo, adquirirían la mirada fija de los muertos y desaparecerían. Otra vez. De nuevo y para siempre, porque ya no había ningún Rain que le resucitara. A partir de ahora, la muerte significaba muerte.

Si no lo consiguiera… Si no le encontrara…

Y por fin apareció delante de él: los escombros de lo que fuera Loramendi, la ciudad fortaleza de las quimeras. Torres derruidas, almenas desmoronadas, huesos calcinados, todo convertido en un campo de cenizas en movimiento. Incluso las barras de hierro que antaño la cubrían estaban arrancadas, como destrozadas por manos de dioses.

YooChun sintió que se atragantaba con su propio corazón. Sobrevoló las ruinas, oteando en busca de un destello azul en aquella vastedad gris y negra que era su propia y monstruosa victoria, pero no encontró nada.

ChangMin no estaba allí.

Buscó todo el día y el siguiente, en Loramendi y más allá, preguntándose furioso dónde podía haber ido y tratando de que su duda no se transformara en qué podría haberle sucedido. Pero a medida que pasaban las horas, las posibilidades se tornaban cada vez más oscuras, y sus miedos se transformaban en pesadillas inspiradas en todos los horrores que había presenciado y cometido. Las imágenes lo asaltaban. Una y otra vez se presionó los ojos con las palmas de las manos para borrarlas. ChangMin no. Él tenía que estar vivo.


YooChun era simplemente incapaz de enfrentarse a la idea de encontrarlo de cualquier otro modo.

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