2.
CENIZAS Y ÁNGELES.
El cielo sobre Uzbekistán, esa
misma noche.
El portal era una hendidura en
el aire. El viento se deslizaba a través de él en ambas direcciones, siseando
como si respirara entre dientes, y allí donde los bordes ondeaban, el cielo de
un mundo dejaba a la vista el del otro. YooChun contempló la interacción de
estrellas a lo largo de la grieta, preparándose para atravesarla. Desde el más
allá, la luz trémula de las estrellas de Eretz se tornaba visible/invisible,
visible/invisible, igual que él. Habría guardias al otro lado, y no sabía si
dejarse ver.
¿Qué le esperaba en su propio
mundo?
Si sus hermanos lo habían
delatado como traidor, los guardias lo prenderían nada más verlo —o lo
intentarían—. YooChun no quería creer que JunSu y JaeJoong pudieran haberlo
abandonado, pero sus últimas miradas permanecían frescas en su memoria: la
furia de JaeJoong por su traición, la repugnancia callada de JunSu.
No podía arriesgarse a que lo
atraparan. Lo obsesionaba otra mirada, una más cortante y reciente que las de
sus hermanos.
La de ChangMin.
Dos
días atrás, lo había abandonado en Marruecos lanzándole una mirada tan terrible
que casi habría preferido que lo hubiera matado. Su profunda pena no había sido
lo peor de todo. Fue su esperanza, aquella esperanza desafiante y fuera
de lugar de que lo que le había contado no podía ser cierto, cuando él sabía
con absoluta desesperación que sí lo era.
Las
quimeras habían sido destruidas. Su familia estaba muerta.
Gracias a
él.
La desdicha lo carcomía. Lo iba
devorando a mordiscos y notaba cada uno de ellos —a cada instante el desgarro
de unos dientes, la amargura que lo comía por dentro, la certeza de lo que
había hecho lo oprimía como una pesadilla de la que fuera imposible despertar—.
En ese momento, ChangMin podría estar hundido hasta los tobillos en las cenizas
de su pueblo, solo en las negras ruinas de Loramendi —o peor aún, podría estar con
esa cosa, con Razgut, que lo habría llevado de vuelta a Eretz—, y ¿qué sería de
él?
Tenía que haberlos seguido. ChangMin
no lo entendía. El mundo al que iba a regresar no era el de sus recuerdos. Allí
no encontraría ayuda ni consuelo —solo ceniza y ángeles—. Las antiguas Tierras
Libres estaban llenas de patrullas seráficas, y las únicas quimeras
supervivientes iban encadenadas en dirección al norte, delante de los látigos
de los tratantes de esclavos. Le verían —¿cómo iba a pasar desapercibido con su
pelo lapislázuli y su vuelo deslizante y sin alas?—. Le matarían o le
capturarían.
YooChun debía encontrarlo antes
de que otro lo hiciera.
Razgut había asegurado que
conocía un portal y, teniendo en cuenta lo que era —uno de los Caídos—,
probablemente fuera cierto. YooChun había tratado sin éxito de seguirles el
rastro y, finalmente, no le había quedado otra opción que regresar y poner
rumbo hacia el portal que él mismo había redescubierto: frente al que se
encontraba ahora. Durante el tiempo que había desperdiciado volando sobre
océanos y montañas, podría haber sucedido cualquier cosa.
Se decidió por la
invisibilidad. El precio a pagar era fácil de obtener. La magia no era gratis;
costaba dolor, y la antigua herida de YooChun abastecía dolor en abundancia. No le suponía ningún
esfuerzo acumularlo y cambiarlo por la magia que necesitaba para desaparecer de
la vista.
Luego,
se dirigió a su casa.
Los
cambios en el paisaje fueron sutiles. Las montañas de aquí se parecían mucho a
las montañas de allí, aunque en el mundo de los humanos había visto las luces
de Samarkanda brillando a lo lejos. Aquí no había ninguna ciudad, solo una
atalaya sobre una cima, un par de guardias seráficos caminando arriba y abajo
tras el parapeto y, en el cielo, el verdadero rasgo distintivo de Eretz: dos
lunas, una resplandeciente y la otra fantasma, apenas visible.
Nitid, la hermana brillante,
era la diosa quimérica de casi todo —excepto de los asesinos y los amantes
secretos—. Esos quedaban para Ellai.
Ellai. YooChun se puso tenso al
verla. Te conozco, ángel, podría haberle susurrado, pues ¿no había vivido durante
un mes en su templo, no había bebido de su arroyo sagrado, e incluso sangrado
en él cuando el Lobo Blanco casi lo mató?
La diosa de los asesinos ha probado mi sangre, pensó YooChun,
y se preguntó si le habría gustado y querría más.
Ayúdame a encontrar a ChangMin a salvo y recibirás hasta
la última gota.
Voló
hacia el suroeste, arrastrado por el miedo como si fuera un anzuelo, más rápido
cuando el sol se levantó y el temor se transformó en pánico a llegar demasiado
tarde. Demasiado tarde y… ¿qué? ¿Encontrarlo muerto? Revivió una y otra vez la
ejecución de Max: el golpe sordo de su cabeza al caer y el repiqueteo de los
cuernos que evitaron que rodara fuera del cadalso. Y en su imaginación dejó de
aparecer Max y surgió ChangMin, la misma alma en un cuerpo diferente, esta vez
sin cuernos que detuvieran su cabeza, solo el improbable tropiezo de la seda
azul de su pelo. Y aunque ahora sus ojos fueran negros en vez de marrones, se
apagarían de igual modo, adquirirían la mirada fija de los muertos y
desaparecerían. Otra vez. De nuevo y para siempre, porque ya no había
ningún Rain que le resucitara. A partir de ahora, la muerte significaba muerte.
Si
no lo consiguiera… Si no le encontrara…
Y
por fin apareció delante de él: los escombros de lo que fuera Loramendi, la
ciudad fortaleza de las quimeras. Torres derruidas, almenas desmoronadas,
huesos calcinados, todo convertido en un campo de cenizas en movimiento.
Incluso las barras de hierro que antaño la cubrían estaban arrancadas, como
destrozadas por manos de dioses.
YooChun sintió que se atragantaba con su propio corazón.
Sobrevoló las ruinas, oteando en busca de un destello azul en aquella vastedad
gris y negra que era su propia y monstruosa victoria, pero no encontró nada.
ChangMin
no estaba allí.
Buscó todo el día y el siguiente, en
Loramendi y más allá, preguntándose furioso dónde podía haber ido y tratando de
que su duda no se transformara
en qué podría haberle sucedido. Pero a medida que pasaban las horas, las
posibilidades se tornaban cada vez más oscuras, y sus miedos se transformaban
en pesadillas inspiradas en todos los horrores que había presenciado y
cometido. Las imágenes lo asaltaban. Una y otra vez se presionó los ojos con
las palmas de las manos para borrarlas. ChangMin no. Él tenía que estar vivo.
YooChun era simplemente incapaz de enfrentarse a
la idea de encontrarlo de cualquier otro modo.
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