33.
ABSURDO.
—Mi diminuto y terrible amigo
viene hacia aquí —anunció ChangMin tamborileando con los dedos sobre la mesa.
—El del puente.
ChangMin recordó que YooChun le
había estado siguiendo el día anterior, y debió de haber visto la actuación de KyuHyun.
Asintió con la cabeza.
—Le he puesto al día sobre tu
mundo, un poco. Y sabe que intentaste matarme, así que…
—¿Debería asustarme? —preguntó
YooChun, y por un instante ChangMin pensó que hablaba en serio. Su expresión
mostraba la misma gravedad de siempre; sin embargo, era otro intento de humor
mordaz, como en lo alto de la catedral cuando le sorprendió con la broma de
empujar a las citas que no dieran la talla.
—Muchísimo —respondió—. Todo el
mundo se encoge de miedo delante de él. Ya verás.
La taza de ChangMin estaba
vacía, pero la mantenía agarrada, menos preocupado en aquellos momentos de
lanzar su magia hacia YooChun que de evitar que sus manos hicieran una nueva
incursión temeraria para tocar las de él. Debería sentir rechazo hacia aquellas
manos manchadas de muerte, y así era, pero junto al horror estaba… la atracción.
ChangMin notaba que YooChun
sentía lo mismo, y que sus manos libraban su propia batalla para no alcanzar
las de él. Él seguía mirándolo, ChangMin no dejaba de apenarse, y su
conversación avanzó a trompicones hasta que la puerta se abrió y apareció
KyuHyun como un torbellino.
Se encaminó directamente a la
mesa y se plantó delante de YooChun. Apareció furibundo, dispuesto a echarle
una reprimenda, pero cuando lo vio, solo pudo balbucear. Su expresión vacilaba
entre la ferocidad y el desconcierto, y venció el segundo. Miró de reojo a
ChangMin y dijo con absoluto asombro:
—Madre mía. Debes. Aparearte. Inmediatamente.
La reacción de KyuHyun fue tan
inesperada y ChangMin estaba tan nervioso que no pudo evitar reírse. Se
arrellanó en la silla y dejó que fluyera: una risa dulce y chispeante que
provocó otro cambio en el semblante de YooChun, en la medida en que le
examinaba de un modo esperanzado y penetrante que provocó un cosquilleo en
ChangMin; se sentía tan… desnudo.
—No, de verdad —continuó
KyuHyun—. Ahora mismo. Es como un imperativo biológico, ¿vale?, para conseguir
el mejor material genético. Y este —señaló a YooChun como si fuera una
azafata de ventas— es el mejor material genético que jamás he visto —arrastró
una silla y se sentó junto a ChangMin, como si fueran espectadores observando
al serafín—. Fiala tendría que tragarse sus palabras. Deberías traerlo el lunes
para que hiciera de modelo.
—Claro —asintió ChangMin —.
Estoy seguro de que no le importaría desnudarse frente a un puñado de humanos…
—Desvestirse —corrigió
KyuHyun, con tono remilgado—. Todo sea por el arte.
—¿Vas a presentarnos? —preguntó
YooChun.
El idioma quimérico, en el que
habían hablado hasta ese momento, sonó fuera de lugar, como un áspero eco de
otro mundo.
ChangMin asintió, tratando de
contener la risa.
—Lo siento —dijo, y realizó una
somera presentación—. Como es natural, tendré que traducir si queréis deciros
algo el uno al otro.
—Pregúntale si está enamorado
de ti —dijo KyuHyun inmediatamente.
ChangMin casi se atragantó. Se
giró sobre la silla para encarar a su mejor amigo, que levantó una mano antes
de que ChangMin pudiera protestar.
—Lo sé, lo sé. No vas a
preguntarle eso. Y tampoco necesitas hacerlo. Lo está. ¡Míralo! Me temo
que vas a echar a arder como siga mirándote de ese modo con esos ojazos
naranjas.
ChangMin tenía que admitir que
aquello era cierto. Pero ¿amor? Eso era absurdo, y así se lo dijo.
—¿Quieres saber lo que es
absurdo? —dijo KyuHyun sin dejar de contemplar a YooChun, que parecía algo
desconcertado—. Esa afilada línea del pelo es absurda. Dios. Realmente te hace
pensar lo escasos que estamos de picos de viuda en la vida cotidiana.
Podríamos, no sé, utilizarlo como semental para introducirlos en la población.
—Por Dios. ¿Puedes dejar de
hablar de apareamientos y sementales?
—Solo es un comentario —añadió KyuHyun
razonablemente—. Yo estoy loco por Siwon, ¿vale?, pero eso no significa que no
pueda aportar mi granito de arena para la proliferación de los picos de viuda.
Como un favor a la reserva genética. Tú deberías hacer lo mismo, ¿no crees? O
quizás… —KyuHyun lanzó una mirada de reojo a ChangMin — ya lo has hecho.
—¿Qué? — ChangMin estaba
horrorizado—. ¡No! ¿Por quién me has tomado?
Estaba seguro de que YooChun no
comprendía nada, pero había una expresión divertida en su boca. Él le preguntó
qué había dicho kyuHyun, y ChangMin notó cómo su cara se volvía carmesí.
—Nada —le dijo en lenguaje
quimérico, y añadió en checo con severidad—. Él. No ha dicho nada.
—Claro que lo he dicho —saltó KyuHyun,
y como un niño al que han reprendido por hacer travesuras, repitió
alegremente—: ¡Aparearse! ¡Semental!
—Kyu, para, por favor —rogó ChangMin,
indefenso y muy agradecido de que KyuHyun y YooChun no hablaran el mismo
idioma.
—De acuerdo —dijo su amigo—.
También puedo ser cortés. Observa —se dirigió a YooChun directamente—:
Bienvenido a nuestro mundo —dijo gesticulando mucho—. Espero que estés
disfrutando de tu visita.
Reprimiendo una sonrisa, ChangMin
tradujo.
YooChun asintió.
—Gracias —luego le dijo a ChangMin
—: ¿Podrías decirle, por favor, que su actuación fue magnífica?
ChangMin trasladó sus palabras
a KyuHyun, que afirmó:
—Lo sé —era su manera habitual
de aceptar un halago, pero ChangMin podía ver que estaba complacido—. Fue idea
de él.
ChangMin no tradujo aquellas
palabras, pero dijo:
—Es una artista impresionante.
—Tú también —respondió YooChun,
y entonces fue ChangMin el que se sintió complacido.
Le contó que iban a una escuela
de arte, y él comentó que en su mundo no existía nada parecido, que solo había
lugares donde aprender oficios. ChangMin le explicó que KyuHyun era una especie
de aprendiz, que procedía de una familia de artesanos, y le preguntó si él
descendía de una familia de soldados.
—En cierto modo —respondió YooChun.
Sus hermanos eran soldados, y
su padre también lo había sido en otra época. Pronunció la palabra padre con
aspereza, y ChangMin notó resentimiento, así que no continuó indagando y la
charla regresó al tema artístico. La conversación, filtrada a través de ChangMin
—y KyuHyun, incluso con su mejor comportamiento, requería un alto grado de
filtración—, fue sorprendentemente fluido. Demasiado, pensó ChangMin.
¿Por qué le resultaba tan
sencillo reír con ese serafín, y olvidar la imagen de los portales ardiendo y
del pequeño cuerpo de Kishmish en carne viva mientras sus latidos se aceleraban
para luego apagarse? Tenía que recordárselo sin parar, castigándose a sí mismo,
e incluso así, cuando miraba a YooChun, todo se desmoronaba —toda su cautela y
autocontrol—.
—En realidad, no da tanto miedo
—comentó algo después YooChun señalando
con la cabeza a KyuHyun—. Me habías preocupado.
—Bueno, le has desarmado.
Provocas ese efecto.
—¿De verdad? Ayer no me pareció
que funcionara contigo.
—Yo tenía más motivos para
luchar —dijo ChangMin —. De todas maneras, tengo que recordarme sin parar que
somos enemigos.
Fue como si una sombra cayera
sobre ellos. La expresión de YooChun se tornó lejana otra vez, y colocó las
manos debajo de la mesa, retirando sus tatuajes de la vista de ChangMin.
—¿Qué le has dicho? —preguntó KyuHyun.
—Le he recordado que somos
enemigos.
—No. Seáis lo que seáis, ChangMin,
no sois enemigos.
—Pero lo somos —replicó él, y
lo eran, sin importar lo intensamente que su cuerpo estuviera intentando
convencerlo de lo contrario.
—Entonces, ¿qué haces
contemplando amaneceres y tomando té con él?
—Tienes razón. ¿Qué estoy haciendo?
No tengo ni idea.
Pensó en lo que sí debería estar
haciendo: viajar a Marruecos para encontrarse con Razgut y atravesar volando aquella
abertura en el cielo hacia… Eretz. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Había
estado tan concentrado en conseguir los gavriels que no había pensado
demasiado en cómo sería realmente ir allí. Y ahora, con la descripción
de YooChun fresca en la memoria —un mundo arrasado por la guerra, inhóspito—,
sintió que el terror le invadía; de repente, no deseaba ir a ninguna parte.
Además, ¿qué se suponía que
debería hacer cuando llegara allí? ¿Volar hasta los barrotes de aquella
imponente fortaleza y preguntar educadamente si Rain estaba en casa?
—Hablando de enemigos —dijo KyuHyun—.
El zopenco apareció esta mañana en televisión.
—Bien hecho —respondió ChangMin,
todavía absorto en sus propios pensamientos.
—No. Bien no. Mal. El
zopenco se ha portado mal.
—Oh, no. ¿Qué ha hecho?
—Bueno, mientras tú
contemplabas el amanecer con tu enemigo, no han dejado de hablar de ti
en las noticias, y cierto actor ha sido de gran ayuda pavoneándose delante de
la cámara y contando al mundo cosas de tu vida. Incluido algo sobre unas ¿cicatrices
de bala? Ha hecho que parecieras el chico de un gánster…
—¿El chico? Por favor.
En todo caso, yo sería el gánster…
—Como te decía —interrumpió KyuHyun—. Siento mucho decirte que tu
acrobacia aérea ha terminado con todo el anonimato del que hayas podido
disfrutar hasta ahora, chico del pelo azul. La policía estará seguramente en tu
piso…
—¿Qué?
—Sí. Están diciendo que lo que
hiciste fue una «alteración del orden público» y que solo quieren hablar con
las personas implicadas, si alguien conoce su paradero.
Al contemplar la angustia de ChangMin,
YooChun quiso saber de qué estaban hablando; ChangMin tradujo rápidamente. Su rostro se
ensombreció. Se levantó y se acercó a la puerta para mirar hacia la calle.
—¿Vendrán aquí a buscarte?
—preguntó.
ChangMin reconoció una actitud
protectora en su postura, con los hombros encorvados y tensos, y comprendió que
en su mundo una amenaza así debía de significar algo bastante alarmante.
—No pasa nada —le aseguró ChangMin
—. No supone ningún peligro. Solo quieren hacer preguntas. De verdad —YooChuna
no se alejó de la puerta—. No hemos infringido ninguna ley —se volvió hacia
KyuHyun y preguntó en checo—: No existe ninguna ley que prohíba volar, ¿verdad?
—Claro que sí. La ley de la gravedad.
La cuestión es que te están buscando —KyuHyun lanzó una mirada a la
camarera, que merodeaba cerca y seguramente estaba escuchando a hurtadillas—.
¿Pasa algo?
La camarera se ruborizó.
—No he llamado a nadie
—contestó rápidamente—. Podéis estar aquí sin ningún problema. ¿Queréis…
queréis más té?
KyuHyun le invitó a marcharse
con un gesto de la mano y dijo a ChangMin:
—Obviamente, no puedes quedarte
aquí para siempre.
—No.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
El plan. El plan. Tenía un
plan, y estaba a punto de llevarlo a cabo. Lo único que tenía que hacer era marcharse.
Abandonar su vida en Praga, la escuela, el piso, a KyuHyun, a YooChun… No. YooChun
no formaba parte de su vida. ChangMin lo contempló, vigilante junto a la
puerta, dispuesto a protegerlo, y trató de imaginar cómo sería alejarse de su… inmensidad…,
de la sensación de bienestar, el espacio bañado por el sol, la atracción.
Solo debía levantarse y salir. ¿Verdad?
Hubo un momento de silencio, y
el cuerpo de ChangMin respondió solo con un temblor a la idea de marcharse.
—El plan —repitió necesitando
una gran fuerza de voluntad para enfrentarse al momento—. El plan es salir de
aquí.
YooChun estaba mirando a través
de la puerta y solo cuando se volvió para mirarlo, ChangMin se dio cuenta de
que había pronunciado aquellas últimas palabras en idioma quimérico,
dirigiéndose a él.
—¿Salir de aquí? ¿Hacia dónde?
—Hacia Eretz —respondió él
poniéndose en pie—. Te lo he dicho antes. Voy a buscar a mi familia.
La consternación invadió el
rostro de YooChun al comprender el alcance de aquella afirmación.
—Así que realmente tienes una
forma de llegar hasta allí.
—Sí.
—¿Cómo?
—Existen más portales, aparte
del tuyo.
—Los había. Todo ese
conocimiento se perdió junto con los magos. Me ha costado años encontrar este…
—Creo que no eres el único que
sabe cosas. Aunque preferiría que fueras tú quien me mostrara el camino.
—¿En vez de quién? —YooChun
trataba de descubrirlo, y ChangMin supo por su gesto de disgusto cuándo lo
había adivinado—. El Caído. Esa cosa. Vas a pedir ayuda a esa cosa.
—Solo si tú no me llevas.
—Te aseguro que no puedo. El
portal está vigilado…
—Está bien. Tal vez nos
encontremos algún día al otro lado. ¿Quién sabe?
El movimiento de sus alas
invisibles lanzó chispas por el suelo.
—No puedes ir allí. La vida es
imposible, créeme.
ChangMin le dio la espalda y
cogió el abrigo. Después de ponérselo, ChangMin anunció a KyuHyun que
abandonaba la ciudad, y estaba esquivando las inevitables preguntas de su amigo
cuando YooChun le agarró del brazo.
—No puedes ir con esa criatura
—le dijo suavemente. Su expresión era cautelosa, difícil de interpretar—. No
solo. Si él conoce otro portal, yo puedo acompañarte y asegurarme de que no te
sucede nada.
El primer impulso de ChangMin
fue rechazar su ofrecimiento. Sé ese gato. Sé ese gato. Pero ¿a quién
trataba de engañar? Ese no era el gato que él deseaba ser. No quería marcharse
solo —o solo con Razgut, que era aún peor—.
—Está bien —respondió con el
corazón desbocado, y una vez que la decisión estuvo tomada, el tremendo peso
del miedo desapareció.
No tendría que separarse de
YooChun.
Al menos, por ahora.
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