42.
DESEO Y SAL E INMENSIDAD.
—Aquí —dijo ChangMin conduciendo a YooChun hasta una puerta azul cielo en un muro polvoriento.
Sus dedos estaban entrelazados.
No podían dejar de tocarse, y mientras lo guiaba por la medina, ChangMin había
sentido como si flotara. Podrían haberse apresurado, pero optaron por dejarse
llevar, parándose a contemplar a un tejedor de alfombras, a mirar una cesta
llena de cachorros, a tocar con los dedos la punta de unas dagas ornamentales,
sin prisa ninguna.
Sin embargo, a pesar del paso
tranquilo, llegaron a su destino. YooChun siguió a ChangMin a través de un
oscuro pasadizo por el que desembocaron en un luminoso patio, un mundo
escondido y abierto solo al cielo. Estaba rodeado de palmeros datileras y
adornados con azulejos andalusíes, y una fuente brotaba en su centro. La
segunda planta estaba rodeada por una galería y la habitación de ChangMin se encontraba
al final de una vuelta de escalera. Era más grande que su piso y tenía el techo
alto y de madera. Las paredes aparecían recubiertas por un finísimo estuco
bermellón, con profundos reflejos terrosos, y en la cama, una manta bereber
lanzaba alguna misteriosa bendición en lenguaje de símbolos.
YooChun cerró la puerta y dejó
marchar la mano de ChangMin, y llegó el momento que él había intentado alejar,
aplazar —la rotura del hueso de la suerte—.
Había llegado el momento.
Había llegado el momento.
YooChun se alejó de ChangMin,
miró por la ventana, alzó las manos y se rascó el pelo con los dedos en un
gesto que se estaba volviendo familiar. Le miró de nuevo.
—¿Estás listo, ChangMin?
No.
De repente, no. No
estaba preparado. Sintió pánico, como un caos de alas en su pecho.
—Podemos esperar —sugirió con
alegría fingida—. De todas formas, no queremos marcharnos hasta que llegue la
noche.
El plan era recoger a Razgut
una vez que hubiera caído el sol y, ocultos en la oscuridad, volar con él hasta
el portal, dondequiera que se encontrara.
YooChun se dirigió hacia él con
paso vacilante, y se detuvo antes de llegar a su lado.
—Podríamos esperar —afirmó, en
apariencia atraído por la idea. Luego añadió, muy suavemente—: Pero eso no lo
haría más fácil.
—Si fuera algo horrible, me lo
dirías, ¿verdad?
Se acercó, alargó la mano y la
deslizó sobre el pelo de ChangMin, una sola vez, lentamente. Él se deleitó en
su caricia, con gesto felino.
—No tienes que estar asustado,
ChangMin —dijo YooChun—. ¿Cómo podría ser algo horrible? Eres tú. Solo
puede ser hermoso.
Una tímida sonrisa afloró en
los labios de él. Respiró hondo y dijo con resolución:
—Adelante, entonces. ¿Debería…,
eh…, sentarme?
—Si quieres.
ChangMin subió a la cama y se
colocó en el centro, plegando las piernas bajo el cuerpo, acomodando aquella
camisa blanca que portaba, misma que había comprado en el zoco para que YooChun
le viera con él puesta. Había comprado también prendas más funcionales, para el
viaje y lo que pudiera venir después. Todo estaba guardado en una mochila
nueva, listo para la partida, junto a objetos más mundanos que había olvidado
en Praga por lo apresurado de su marcha. Estaba contento de que YooChun hubiera
traído sus cuchillos —contento de tenerlos, pero asustado de necesitarlos—.
YooChun se sentó frente a él,
con las piernas relajadas y los hombros inclinados hacia delante, de un modo
que resaltaba su corpulencia.
Y entonces ChangMin experimentó un nuevo fogonazo, una fisura en
la superficie del tiempo, y una visión, en su interior, de YooChun. Estaba
sentado en la misma postura, con los hombros pesados y relajados como en ese
momento, pero… desnudos, al igual que
su pecho, dejando a la vista su cuerpo musculoso y una terrible cicatriz en el
hombro derecho. De nuevo, en su rostro, aparecía aquella sonrisa que hería con
su belleza. De nuevo, un instante y desapareció.
ChangMin parpadeó, ladeó la cabeza y murmuró:
—Vaya.
—¿Qué sucede? —preguntó YooChun.
—A veces creo verte, en otra época o algo así…, no sé —sacudió la
cabeza—. Tu hombro. ¿Qué te pasó?
YooChun se lo tocó, con la mirada fija en él.
—¿Qué has visto?
ChangMin se ruborizó. Había sentido algo muy sensual en aquel
instante, él sentado sin camisa y feliz.
—A ti… sonriendo. Nunca te he visto sonreír así, no de verdad
—dijo solamente.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Ojalá volvieras a hacerlo —dijo ChangMin —. Para mí.
YooChun no sonrió. El dolor se reflejó en su cara mientras miraba
sus nudillos y levantaba la vista de nuevo hacia él.
—Acércate —le dijo, y alargó sus manos para aflojar el cordón del
hueso de la suerte y sacárselo por la cabeza. Rodeó con un dedo una de las puntas—.
Tienes que colocarlo así.
ChangMin no lo cogió.
—Pase lo que pase, no tenemos por qué ser enemigos. No si no
queremos. Es decisión nuestra, ¿no es así? —dijo apresuradamente.
—Será lo que tú decidas —contestó YooChun.
—Pero ya sé…
YooChun sacudió la cabeza, apesadumbrado.
—Tú no puedes saber. Nunca se sabe hasta que se sabe.
ChangMin dejó escapar un suspiro exasperado.
—Hablas igual que Rain —murmuró, y trató de serenarse.
Y entonces, por fin, levantó la
mano para deslizar el meñique en torno a la punta libre del hueso. Su nudillo
rozó el de YooChun, y aquel leve roce desató una efervescencia por todo su
cuerpo.
Ahora, lo único que tenían que
hacer era tirar. ChangMin esperó un instante, pensando que YooChun tomaría la
iniciativa, pero se dio cuenta de que él pretendía lo mismo de él. Escrutó sus
ojos —clavados en los suyos, abrasadores— y tensó la mano.
La única manera de hacerlo era
haciéndolo. Comenzó a tirar.
Esta vez fue YooChun el que
retiró el dedo, sobresaltado.
—Espera —suplicó—. Espera.
Alargó la mano hacia el rostro
de ChangMin y él la presionó contra su
mejilla.
—Quiero que sepas… —YooChun
tragó saliva—. Necesito que sepas que me sentí atraído por ti (por ti, ChangMin)
antes de descubrir el hueso. Antes de darme cuenta, y creo… creo que siempre te
encontraría, sin importar lo escondido que estuvieras —le miró con
extraordinaria intensidad—. Tu alma y la mía cantan la misma canción. Mi alma
es tuya, y siempre lo será, en cualquier mundo. No importa lo que suceda… —su
voz se quebró y tuvo que respirar hondo—. Necesito que recuerdes que te quiero.
Amor. ChangMin se sintió bañado de luz. Aquella adorada
palabra saltó a sus propios labios para responderle, pero él le suplicó:
—Dime que lo recordarás.
Prométemelo.
Esa promesa sí podía hacerla.
YooChun se quedó callado y ChangMin, inclinado hacia delante, sin aliento,
pensó si aquello sería todo —que le revelara algo así y luego no le besara—.
Resultaba absurdo, y hubiera protestado de haber terminado ahí, pero no fue
así.
Una mano de YooChun reposaba ya
sobre la mejilla de ChangMin. Alzó la otra, acunó su rostro y entonces, de
forma suave, se desencadenó lo inevitable: se abandonaron.
Los labios de YooChun se deslizaron sobre los
de ChangMin. Fue una leve caricia, como un susurro —un ligerísimo roce de su
labio inferior con los de él, y de nuevo espacio entre ambos, muy poco espacio,
con los rostros casi pegados—. Respiraban uno el aliento del otro, mientras la
pasión aumentaba entre ellos, a su alrededor, en su interior, astral, y de
nuevo el espacio desapareció, y lo único que quedó fue el beso.
Dulce y cálido y tembloroso.
Suave e intenso y profundo.
— ChangMin —dijo él
interrumpiéndolo—. Tienes que saber la verdad, y tienes que saberla ahora. Tenemos
que romper el hueso.
* * *
Y entonces, por fin, lo hicieron.
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