martes, 26 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 42

42.
DESEO Y SAL E INMENSIDAD.



—Aquí —dijo ChangMin conduciendo a YooChun hasta una puerta azul cielo en un muro polvoriento.

Sus dedos estaban entrelazados. No podían dejar de tocarse, y mientras lo guiaba por la medina, ChangMin había sentido como si flotara. Podrían haberse apresurado, pero optaron por dejarse llevar, parándose a contemplar a un tejedor de alfombras, a mirar una cesta llena de cachorros, a tocar con los dedos la punta de unas dagas ornamentales, sin prisa ninguna.

Sin embargo, a pesar del paso tranquilo, llegaron a su destino. YooChun siguió a ChangMin a través de un oscuro pasadizo por el que desembocaron en un luminoso patio, un mundo escondido y abierto solo al cielo. Estaba rodeado de palmeros datileras y adornados con azulejos andalusíes, y una fuente brotaba en su centro. La segunda planta estaba rodeada por una galería y la habitación de ChangMin se encontraba al final de una vuelta de escalera. Era más grande que su piso y tenía el techo alto y de madera. Las paredes aparecían recubiertas por un finísimo estuco bermellón, con profundos reflejos terrosos, y en la cama, una manta bereber lanzaba alguna misteriosa bendición en lenguaje de símbolos.

YooChun cerró la puerta y dejó marchar la mano de ChangMin, y llegó el momento que él había intentado alejar, aplazar —la rotura del hueso de la suerte—.

Había llegado el momento.

Había llegado el momento.

YooChun se alejó de ChangMin, miró por la ventana, alzó las manos y se rascó el pelo con los dedos en un gesto que se estaba volviendo familiar. Le miró de nuevo.

—¿Estás listo, ChangMin?

No.

De repente, no. No estaba preparado. Sintió pánico, como un caos de alas en su pecho.
—Podemos esperar —sugirió con alegría fingida—. De todas formas, no queremos marcharnos hasta que llegue la noche.

El plan era recoger a Razgut una vez que hubiera caído el sol y, ocultos en la oscuridad, volar con él hasta el portal, dondequiera que se encontrara.

YooChun se dirigió hacia él con paso vacilante, y se detuvo antes de llegar a su lado.

—Podríamos esperar —afirmó, en apariencia atraído por la idea. Luego añadió, muy suavemente—: Pero eso no lo haría más fácil.

—Si fuera algo horrible, me lo dirías, ¿verdad?

Se acercó, alargó la mano y la deslizó sobre el pelo de ChangMin, una sola vez, lentamente. Él se deleitó en su caricia, con gesto felino.

—No tienes que estar asustado, ChangMin —dijo YooChun—. ¿Cómo podría ser algo horrible? Eres tú. Solo puede ser hermoso.

Una tímida sonrisa afloró en los labios de él. Respiró hondo y dijo con resolución:

—Adelante, entonces. ¿Debería…, eh…, sentarme?

—Si quieres.

ChangMin subió a la cama y se colocó en el centro, plegando las piernas bajo el cuerpo, acomodando aquella camisa blanca que portaba, misma que había comprado en el zoco para que YooChun le viera con él puesta. Había comprado también prendas más funcionales, para el viaje y lo que pudiera venir después. Todo estaba guardado en una mochila nueva, listo para la partida, junto a objetos más mundanos que había olvidado en Praga por lo apresurado de su marcha. Estaba contento de que YooChun hubiera traído sus cuchillos —contento de tenerlos, pero asustado de necesitarlos—.

YooChun se sentó frente a él, con las piernas relajadas y los hombros inclinados hacia delante, de un modo que resaltaba su corpulencia.

Y entonces ChangMin experimentó un nuevo fogonazo, una fisura en la superficie del tiempo, y una visión, en su interior, de YooChun. Estaba sentado en la misma postura, con los hombros pesados y relajados como en ese momento, pero… desnudos, al igual que su pecho, dejando a la vista su cuerpo musculoso y una terrible cicatriz en el hombro derecho. De nuevo, en su rostro, aparecía aquella sonrisa que hería con su belleza. De nuevo, un instante y desapareció.
ChangMin parpadeó, ladeó la cabeza y murmuró:
—Vaya.
—¿Qué sucede? —preguntó YooChun.
—A veces creo verte, en otra época o algo así…, no sé —sacudió la cabeza—. Tu hombro. ¿Qué te pasó?
YooChun se lo tocó, con la mirada fija en él.
—¿Qué has visto?
ChangMin se ruborizó. Había sentido algo muy sensual en aquel instante, él sentado sin camisa y feliz.
—A ti… sonriendo. Nunca te he visto sonreír así, no de verdad —dijo solamente.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Ojalá volvieras a hacerlo —dijo ChangMin —. Para mí.
YooChun no sonrió. El dolor se reflejó en su cara mientras miraba sus nudillos y levantaba la vista de nuevo hacia él.
—Acércate —le dijo, y alargó sus manos para aflojar el cordón del hueso de la suerte y sacárselo por la cabeza. Rodeó con un dedo una de las puntas—. Tienes que colocarlo así.
ChangMin no lo cogió.
—Pase lo que pase, no tenemos por qué ser enemigos. No si no queremos. Es decisión nuestra, ¿no es así? —dijo apresuradamente.
—Será lo que tú decidas —contestó YooChun.
—Pero ya sé…
YooChun sacudió la cabeza, apesadumbrado.
—Tú no puedes saber. Nunca se sabe hasta que se sabe.
ChangMin dejó escapar un suspiro exasperado.
—Hablas igual que Rain —murmuró, y trató de serenarse.
Y entonces, por fin, levantó la mano para deslizar el meñique en torno a la punta libre del hueso. Su nudillo rozó el de YooChun, y aquel leve roce desató una efervescencia por todo su cuerpo.
Ahora, lo único que tenían que hacer era tirar. ChangMin esperó un instante, pensando que YooChun tomaría la iniciativa, pero se dio cuenta de que él pretendía lo mismo de él. Escrutó sus ojos —clavados en los suyos, abrasadores— y tensó la mano.
La única manera de hacerlo era haciéndolo. Comenzó a tirar.

Esta vez fue YooChun el que retiró el dedo, sobresaltado.

—Espera —suplicó—. Espera.

Alargó la mano hacia el rostro de ChangMin  y él la presionó contra su mejilla.

—Quiero que sepas… —YooChun tragó saliva—. Necesito que sepas que me sentí atraído por ti (por ti, ChangMin) antes de descubrir el hueso. Antes de darme cuenta, y creo… creo que siempre te encontraría, sin importar lo escondido que estuvieras —le miró con extraordinaria intensidad—. Tu alma y la mía cantan la misma canción. Mi alma es tuya, y siempre lo será, en cualquier mundo. No importa lo que suceda… —su voz se quebró y tuvo que respirar hondo—. Necesito que recuerdes que te quiero.

Amor. ChangMin se sintió bañado de luz. Aquella adorada palabra saltó a sus propios labios para responderle, pero él le suplicó:

—Dime que lo recordarás. Prométemelo.

Esa promesa sí podía hacerla. YooChun se quedó callado y ChangMin, inclinado hacia delante, sin aliento, pensó si aquello sería todo —que le revelara algo así y luego no le besara—. Resultaba absurdo, y hubiera protestado de haber terminado ahí, pero no fue así.

Una mano de YooChun reposaba ya sobre la mejilla de ChangMin. Alzó la otra, acunó su rostro y entonces, de forma suave, se desencadenó lo inevitable: se abandonaron.

 Los labios de YooChun se deslizaron sobre los de ChangMin. Fue una leve caricia, como un susurro —un ligerísimo roce de su labio inferior con los de él, y de nuevo espacio entre ambos, muy poco espacio, con los rostros casi pegados—. Respiraban uno el aliento del otro, mientras la pasión aumentaba entre ellos, a su alrededor, en su interior, astral, y de nuevo el espacio desapareció, y lo único que quedó fue el beso.

Dulce y cálido y tembloroso.

Suave e intenso y profundo.
— ChangMin —dijo él interrumpiéndolo—. Tienes que saber la verdad, y tienes que saberla ahora. Tenemos que romper el hueso.




* * *




Y entonces, por fin, lo hicieron.

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