38.
INFAME.
Después de Bullfinch, la
existencia de Max—tardó dos años en saber su nombre— había llamado a YooChun
como una voz perdida en medio de un gran silencio.
Mientras permanecía tendido y
moribundo en el campamento de la bahía de Morwen, soñó una y otra vez que el
muchacho enemigo se arrodillaba junto a él, sonriendo.
Cada vez que despertaba
descubría su ausencia, y encontraba los rostros de sus familiares y amigos, que
parecían menos reales que el fantasma que lo obsesionaba.
Incluso mientras JaeJoong
discutía con el médico que quería amputarle el brazo, su mente regresó a la
brumosa playa de Bullfinch, a unos ojos castaños y unos cuernos engrasados, y a
aquella descarga de ternura.
Se había entrenado para
soportar las marcas del diablo, pero no aquello. Se sintió indefenso ante esa
nueva sensación.
Por supuesto, no se lo dijo a
nadie.
JunSu acudió junto a su cama
con las herramientas de tatuar para señalar las manos de YooChun con los
enemigos abatidos en Bullfinch.
—¿Cuántos? —preguntó al tiempo
que calentaba la hoja del cuchillo para esterilizarla.
YooChun había masacrado a seis
quimeras en Bullfinch, incluida la monstruosa hiena que lo había derribado.
Seis nuevas líneas llenarían su mano derecha, que, gracias a JaeJoong, conservaba
unida al cuerpo. El brazo descansaba inmóvil junto a él. Había sido necesario
recolocar varios nervios y músculos y tardaría algún tiempo en saber si
recuperaría la movilidad.
Cuando JunSu levantó su mano
inerte, con el cuchillo ya preparado, YooChun solo pudo pensar en el muchacho
enemigo y en cómo podía acabar convertido en una línea negra en el nudillo de
algún serafín. Aquel pensamiento le resultaba insoportable. Con la mano sana le
arrebató su brazo a JunSu e inmediatamente lo invadió un terrible dolor.
—Ninguno —jadeó—. No he matado
a ninguno.
JunSu entrecerró los ojos.
—Claro que sí. Yo estaba a tu
lado frente a aquella falange de toros-centauro.
Sin embargo, YooChun no quería
llevar aquellas marcas, y JunSu se marchó.
De ese modo había comenzado el
secreto que con el paso de los años se convertiría en una fisura entre ellos, y
que, en el cielo del mundo de los humanos, amenazaba con separarlos para
siempre.
* * *
Cuando ChangMin se elevó por
los aires desde el puente, JaeJoong le siguió, pero YooChun se interpuso en su
camino. Sus aceros chocaron. YooChun cruzó sus dos espadas cerca de la
empuñadura y volcó todo su peso sobre ellas, lo que obligó a su hermano a
retroceder. Mantuvo a JunSu a la vista, temeroso de que persiguiera a ChangMin,
pero su hermano seguía en el puente, contemplando la inimaginable escena de
YooChun y JaeJoong con las espadas cruzadas.
Los brazos de JaeJoong
temblaban por el esfuerzo de mantener su terreno —su aire— y sus alas batían
furiosas. Tenía el rostro lívido y las mandíbulas apretadas por la intensidad
del momento, y los ojos tan abiertos que sus iris eran puntos en unas órbitas
blancas.
Con un gemido desgarrador,
rechazó a YooChun, volteó la espada liberada por encima de su cabeza y la
descargó como un hachazo.
YooChun bloqueó el golpe. Su
fuerza lo sacudió hasta los huesos. JaeJoong no estaba retrocediendo. La
violencia del ataque le sorprendió — ¿trataría realmente de matarlo?—. JaeJoong
descargó un nuevo hachazo, él lo bloqueó y finalmente JunSu reaccionó y saltó
hacia ellos.
—Parad —gritó horrorizado.
Se acercó, pero hubo de apartarse cuando JaeJoong se volvió de
forma violenta. YooChun esquivó el golpe, desequilibrándole, y él dio vueltas
antes de encontrar a tientas un punto de apoyo. Le lanzó una mirada llena de
rencor y, en vez de abalanzarse de nuevo sobre él, se elevó vertiginosamente.
Sus alas lanzaron un estallido de fuego que provocó un grito colectivo entre
los espectadores, y tomó velocidad hacia donde ChangMin había desaparecido.
No se divisaba ningún rastro
del chico, pero YooChun no dudaba que JaeJoong pudiera encontrarle. Se lanzó
tras él. Los tejados desaparecieron rápidamente, y con ellos, la humanidad.
Solo quedaba el azote del viento, las llamaradas de las alas y —alcanzó a su
hermano y le agarró del brazo— el enfrentamiento.
JaeJoong se volvió hacia él y
sus espadas chocaron una y otra vez. Como en Praga cuando ChangMin lo había
atacado, YooChun solo rechazaba los golpes, los esquivaba, y no devolvía el
ataque.
—¡Parad! —bramó de nuevo JunSu
acercándose a YooChun y empujándolo con fuerza para separarlo de JaeJoong.
Se encontraban muy por encima
de la ciudad, donde el profundo silencio retumbaba con el chocar del acero.
—¿Qué estáis haciendo?
—Preguntó JunSu con tono incrédulo—. Luchando entre vosotros…
—Yo no quiero enfrentarme a él
—dijo YooChun retrocediendo—. Nunca lo haré.
—¿Por qué no? —Siseó JaeJoong—.
Podrías rebanarme el pescuezo mientras me apuñalas por la espalda.
—Jae, no quiero hacerte daño…
—¿No quieres, pero lo harías si
te vieras obligado? ¿Es eso lo que estás diciendo? —respondió él, sarcástico.
¿Se refería a eso? ¿Qué estaba
dispuesto a hacer para proteger a ChangMin? Sería incapaz de herir a sus hermanos;
el remordimiento no le dejaría vivir. Pero tampoco podía permitir que ellos
hicieran daño a ChangMin. ¿Cómo era posible que solo existieran esas dos
opciones?
—Simplemente… olvídalo —dijo
YooChun —. Por favor. Permite que se marche.
La intensa emoción que
transmitía su voz provocó que los ojos de JaeJoong se entrecerraran con
desprecio. Al mirarle, YooChun pensó que suplicarle a él era lo mismo que
suplicarle a una espada. ¿Y no era eso para lo que ellos tres habían sido
educados, al igual que los demás bastardos del emperador? Armas forjadas en
carne. Instrumentos irreflexivos de una antiquísima enemistad.
No podía aceptar algo así. Eran
mucho más que eso, todos ellos. Al menos lo esperaba. Se arriesgó. Envainó las
espadas. JaeJoong lo contempló en silencio, con los ojos como cuchillas.
—En Bullfinch —comenzó YooChun
—, me preguntaste quién me había colocado aquel torniquete.
JaeJoong esperó. JunSu también.
YooChun pensó en Max, recordó
el tacto de su piel, la sorprendente suavidad de sus alas, y la alegría de su
risa —tan parecida a la de ChangMin—, y se acordó de lo que ChangMin le había
dicho aquella mañana: que si hubiera conocido a alguna quimera, no podría
despreciarlas como monstruos.
Pero había hecho ambas cosas.
Había conocido y amado a Max, y aun así se había convertido en lo que era ahora
—un ser vacío y con los ojos muertos que había estado a punto de asesinar a ChangMin
movido por un impulso—. El dolor había alimentado a sus horribles vástagos
dentro de él: el odio, la venganza, la ceguera.
Max se habría arrepentido de
salvar la vida a la persona que era ahora, pero ChangMin le brindaba una nueva
oportunidad, para conseguir la paz. No se trataba de la felicidad, ni de sí
mismo. Para él, era demasiado tarde.
Para otros, tal vez aún hubiera
salvación.
—Fue una quimera —anunció a sus hermanos. Tomó una bocanada de
aire, consciente de que sus palabras sonarían infames a sus oídos. Les habían
enseñado desde la cuna que las quimeras eran horribles criaturas que se
arrastraban, diablos, animales. Sin
embargo, Max… él había logrado en un instante desencadenarlo de su fanatismo, y
había llegado el momento de que intentara emularle—. Una quimera salvó mi vida
—continuó—, y me enamoré de él.
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