domingo, 10 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 38

38.
INFAME.

Después de Bullfinch, la existencia de Max—tardó dos años en saber su nombre— había llamado a YooChun como una voz perdida en medio de un gran silencio.

Mientras permanecía tendido y moribundo en el campamento de la bahía de Morwen, soñó una y otra vez que el muchacho enemigo se arrodillaba junto a él, sonriendo.
Cada vez que despertaba descubría su ausencia, y encontraba los rostros de sus familiares y amigos, que parecían menos reales que el fantasma que lo obsesionaba.

Incluso mientras JaeJoong discutía con el médico que quería amputarle el brazo, su mente regresó a la brumosa playa de Bullfinch, a unos ojos castaños y unos cuernos engrasados, y a aquella descarga de ternura.

Se había entrenado para soportar las marcas del diablo, pero no aquello. Se sintió indefenso ante esa nueva sensación.

Por supuesto, no se lo dijo a nadie.

JunSu acudió junto a su cama con las herramientas de tatuar para señalar las manos de YooChun con los enemigos abatidos en Bullfinch.

—¿Cuántos? —preguntó al tiempo que calentaba la hoja del cuchillo para esterilizarla.
YooChun había masacrado a seis quimeras en Bullfinch, incluida la monstruosa hiena que lo había derribado. Seis nuevas líneas llenarían su mano derecha, que, gracias a JaeJoong, conservaba unida al cuerpo. El brazo descansaba inmóvil junto a él. Había sido necesario recolocar varios nervios y músculos y tardaría algún tiempo en saber si recuperaría la movilidad.

Cuando JunSu levantó su mano inerte, con el cuchillo ya preparado, YooChun solo pudo pensar en el muchacho enemigo y en cómo podía acabar convertido en una línea negra en el nudillo de algún serafín. Aquel pensamiento le resultaba insoportable. Con la mano sana le arrebató su brazo a JunSu e inmediatamente lo invadió un terrible dolor.

—Ninguno —jadeó—. No he matado a ninguno.

JunSu entrecerró los ojos.
—Claro que sí. Yo estaba a tu lado frente a aquella falange de toros-centauro.

Sin embargo, YooChun no quería llevar aquellas marcas, y JunSu se marchó.

De ese modo había comenzado el secreto que con el paso de los años se convertiría en una fisura entre ellos, y que, en el cielo del mundo de los humanos, amenazaba con separarlos para siempre.




* * *




Cuando ChangMin se elevó por los aires desde el puente, JaeJoong le siguió, pero YooChun se interpuso en su camino. Sus aceros chocaron. YooChun cruzó sus dos espadas cerca de la empuñadura y volcó todo su peso sobre ellas, lo que obligó a su hermano a retroceder. Mantuvo a JunSu a la vista, temeroso de que persiguiera a ChangMin, pero su hermano seguía en el puente, contemplando la inimaginable escena de YooChun y JaeJoong con las espadas cruzadas.

Los brazos de JaeJoong temblaban por el esfuerzo de mantener su terreno —su aire— y sus alas batían furiosas. Tenía el rostro lívido y las mandíbulas apretadas por la intensidad del momento, y los ojos tan abiertos que sus iris eran puntos en unas órbitas blancas.

Con un gemido desgarrador, rechazó a YooChun, volteó la espada liberada por encima de su cabeza y la descargó como un hachazo.

YooChun bloqueó el golpe. Su fuerza lo sacudió hasta los huesos. JaeJoong no estaba retrocediendo. La violencia del ataque le sorprendió — ¿trataría realmente de matarlo?—. JaeJoong descargó un nuevo hachazo, él lo bloqueó y finalmente JunSu reaccionó y saltó hacia ellos.

—Parad —gritó horrorizado.

Se acercó, pero hubo de apartarse cuando JaeJoong se volvió de forma violenta. YooChun esquivó el golpe, desequilibrándole, y él dio vueltas antes de encontrar a tientas un punto de apoyo. Le lanzó una mirada llena de rencor y, en vez de abalanzarse de nuevo sobre él, se elevó vertiginosamente. Sus alas lanzaron un estallido de fuego que provocó un grito colectivo entre los espectadores, y tomó velocidad hacia donde ChangMin había desaparecido.
No se divisaba ningún rastro del chico, pero YooChun no dudaba que JaeJoong pudiera encontrarle. Se lanzó tras él. Los tejados desaparecieron rápidamente, y con ellos, la humanidad. Solo quedaba el azote del viento, las llamaradas de las alas y —alcanzó a su hermano y le agarró del brazo— el enfrentamiento.

JaeJoong se volvió hacia él y sus espadas chocaron una y otra vez. Como en Praga cuando ChangMin lo había atacado, YooChun solo rechazaba los golpes, los esquivaba, y no devolvía el ataque.

—¡Parad! —bramó de nuevo JunSu acercándose a YooChun y empujándolo con fuerza para separarlo de JaeJoong.

Se encontraban muy por encima de la ciudad, donde el profundo silencio retumbaba con el chocar del acero.

—¿Qué estáis haciendo? —Preguntó JunSu con tono incrédulo—. Luchando entre vosotros…

—Yo no quiero enfrentarme a él —dijo YooChun retrocediendo—. Nunca lo haré.

—¿Por qué no? —Siseó JaeJoong—. Podrías rebanarme el pescuezo mientras me apuñalas por la espalda.

—Jae, no quiero hacerte daño…

—¿No quieres, pero lo harías si te vieras obligado? ¿Es eso lo que estás diciendo? —respondió él, sarcástico.

¿Se refería a eso? ¿Qué estaba dispuesto a hacer para proteger a ChangMin? Sería incapaz de herir a sus hermanos; el remordimiento no le dejaría vivir. Pero tampoco podía permitir que ellos hicieran daño a ChangMin. ¿Cómo era posible que solo existieran esas dos opciones?

—Simplemente… olvídalo —dijo YooChun —. Por favor. Permite que se marche.

La intensa emoción que transmitía su voz provocó que los ojos de JaeJoong se entrecerraran con desprecio. Al mirarle, YooChun pensó que suplicarle a él era lo mismo que suplicarle a una espada. ¿Y no era eso para lo que ellos tres habían sido educados, al igual que los demás bastardos del emperador? Armas forjadas en carne. Instrumentos irreflexivos de una antiquísima enemistad.

No podía aceptar algo así. Eran mucho más que eso, todos ellos. Al menos lo esperaba. Se arriesgó. Envainó las espadas. JaeJoong lo contempló en silencio, con los ojos como cuchillas.

—En Bullfinch —comenzó YooChun —, me preguntaste quién me había colocado aquel torniquete.

JaeJoong esperó. JunSu también.

YooChun pensó en Max, recordó el tacto de su piel, la sorprendente suavidad de sus alas, y la alegría de su risa —tan parecida a la de ChangMin—, y se acordó de lo que ChangMin le había dicho aquella mañana: que si hubiera conocido a alguna quimera, no podría despreciarlas como monstruos.

Pero había hecho ambas cosas. Había conocido y amado a Max, y aun así se había convertido en lo que era ahora —un ser vacío y con los ojos muertos que había estado a punto de asesinar a ChangMin movido por un impulso—. El dolor había alimentado a sus horribles vástagos dentro de él: el odio, la venganza, la ceguera.

Max se habría arrepentido de salvar la vida a la persona que era ahora, pero ChangMin le brindaba una nueva oportunidad, para conseguir la paz. No se trataba de la felicidad, ni de sí mismo. Para él, era demasiado tarde.

Para otros, tal vez aún hubiera salvación.


—Fue una quimera —anunció a sus hermanos. Tomó una bocanada de aire, consciente de que sus palabras sonarían infames a sus oídos. Les habían enseñado desde la cuna que las quimeras eran horribles criaturas que se arrastraban, diablos, animales. Sin embargo, Max… él había logrado en un instante desencadenarlo de su fanatismo, y había llegado el momento de que intentara emularle—. Una quimera salvó mi vida —continuó—, y me enamoré de él.

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