39.
LA SANGRE DE LOS ANTEPASADOS.
A partir de Bullfinch, todo
cambió para YooChun. Después de rechazar
a JunSu con sus herramientas de tatuar, una idea se adueñó de su mente: cuando
viera de nuevo al chico quimérico, podría decirle que no había utilizado la
vida que él le había regalado para matar a más de sus semejantes.
Que volviera a verle era
extremadamente improbable, pero aquel pensamiento se alojó en su cabeza —una
sensación esquiva y punzante de la que no podía librarse— y se acostumbró a su
presencia latente. Comenzó a sentirse cómodo con aquella idea, y esta se
transformó de fantasía descabellada en esperanza —una esperanza que
cambiaría el rumbo de su vida: encontrar a aquel chico y darle las gracias—.
Eso era todo, simplemente darle las gracias. Cuando imaginaba el momento, su
mente no iba más allá.
Era suficiente para mantenerlo
vivo.
Tras la batalla, no permaneció
mucho tiempo en la bahía de Morwen. Los médicos de campaña lo enviaron de
vuelta a Astrae para ver qué podían hacer por él los sanadores.
Astrae.
Hasta la Masacre ocurrida un milenio
atrás, los serafines habían gobernado el Imperio desde Astrae. Según todas las
crónicas, durante trescientos años fue la luz del mundo, la ciudad más hermosa
jamás construida. Palacios, pórticos y fuentes, todo de mármol extraído en
Evorrain; amplias avenidas pavimentadas con cuarzo y cubiertas por las ramas
con aroma a miel de los pinos balsameos. Astrae se alzaba sobre los estriados
acantilados que albergaban su puerto, y la arbolada costa de Mirea se extendía
hasta donde la vista alcanzaba. Al igual que en Praga, los chapiteles apuntaban
hacia el cielo, uno por cada dios estrella. Los dioses estrella, que habían
nombrado a los serafines guardianes de la tierra y de todas sus criaturas.
Los dioses estrella, que habían
contemplado cómo todo se hundía en el caos.
YooChun pensó que durante
trescientos años los ciudadanos de Astrae debieron de sentir que la ciudad
siempre había sido y siempre sería maravillosa. Ahora, diez siglos después, su
época dorada parecía el lejano parpadeo de algún dios muerto, y poco quedaba de
su esplendor original. El enemigo la había arrasado: las torres habían sido
demolidas y todo lo que podía arder había sido incendiado. Habrían arrancado
incluso las estrellas del cielo si hubieran podido. No existía precedente en la
historia de una barbarie tal. Al final del primer día, los magos yacían
muertos, incluso sus aprendices más jóvenes, y su biblioteca había sido
engullida por el fuego, con todos los textos mágicos de Eretz en su interior.
Estratégicamente, tenía
sentido. Los serafines habían depositado tanta confianza en la magia que, tras
la Masacre y sin ningún mago vivo, se encontraban casi indefensos. Todos los
ángeles que no habían huido de Astrae fueron sacrificados en un altar a la luz
de la luna llena, entre ellos el emperador seráfico, antepasado del padre de
YooChun. Tantos ángeles derramaron su vida sobre aquel altar que la sangre
fluyó por los escalones del templo como una lluvia monzónica que ahogó a
pequeñas criaturas en las calles.
Las bestias mantuvieron el control
sobre Astrae durante siglos, hasta que Joram —el padre de YooChun — lanzó una
campaña total al comienzo de su reinado y recuperó todos los territorios hasta
los montes Adelfas. Tras consolidar su poder, comenzó a reconstruir el Imperio
con su corazón donde correspondía: en Astrae.
Sin embargo, en el campo de la
magia, Joram no había logrado demasiados progresos. Tras el incendio de la
biblioteca y el asesinato de los magos, los serafines habían quedado
constreñidos a las manipulaciones más básicas, y en los siglos posteriores no
avanzaron mucho más.
YooChun nunca se había
preocupado demasiado por la magia. Era un soldado, y había recibido una
educación limitada. La consideraba un misterio solo apto para mentes más
brillantes, pero su estancia en Astrae cambió esa concepción. Dispuso del
tiempo necesario para descubrir que a pesar de ser un soldado poseía mayor
inteligencia que la mayoría, y que además contaba con algo de lo que carecían
los aspirantes a mago de Astrae. En realidad, poseía dos cosas que ellos no
tenían. Llevaba la magia en la sangre, aunque hizo falta un comentario
malicioso de su padre para que lo descubriera, y tenía lo más importante.
Dolor.
El dolor de su hombro era una
constante en su vida, al igual que su fantasma, el chico enemigo, y ambos
estaban unidos. Cuando su hombro ardía, regresando poco a poco a la vida, no
podía dejar de pensar en las delicadas manos del chico sobre él, apretando el
torniquete que lo había salvado.
Los sanadores de Astrae dejaron
de administrarle los medicamentos empleados por los médicos de campaña, que no
habían resultado de gran ayuda, y lo obligaron a utilizar el brazo. Un esclavo
—quimérico— se encargaba de estirarle los músculos para mantenerlos flexibles,
y YooChun recibió la orden de acudir al campo de prácticas para ejercitar la
mano izquierda en el manejo de la espada, por si la derecha no recuperara
completamente la movilidad. Contra todo pronóstico, se recuperó, aunque el
dolor no remitía, y en pocos meses era mejor espadachín que antes. Encargó al
armero de palacio un juego de espadas gemelas, y no tardó en dominar el campo
de prácticas. Luchaba con ambas manos y atraía multitudes a los combates de la
mañana, incluido el propio emperador.
—¿Uno de los míos? —preguntó
Joram evaluándolo.
YooChun nunca había estado en
presencia de su padre. Los bastardos de Joram eran una legión, y no podía
pretender conocerlos a todos.
—Sí, mi señor —contestó YooChun
con una inclinación de cabeza.
Sus hombros aún sufrían con el
esfuerzo, y el derecho le enviaba llamaradas de agonía que ya formaban parte de
su vida.
—Mírame —ordenó el emperador.
YooChun lo hizo, y no se
reconoció en el serafín que encontró frente a él. JunSu y JaeJoong sí se
parecían al emperador. Sus ojos azules eran iguales a los de Joram, así como
los rasgos de la cara. El emperador era rubio, aunque su pelo dorado empezaba a
adquirir un tono grisáceo, y a pesar de ser corpulento, tenía una talla modesta
y debía alzar la vista para mirar a YooChun.
Su mirada era intensa.
—Recuerdo a tu madre —dijo
Joram.
YooChun parpadeó. No había
esperado un comentario semejante.
—Son los ojos —añadió el
emperador—. Resultan inolvidables, ¿no crees?
Era una de las pocas cosas que
YooChun recordaba de su madre. El resto de su rostro aparecía borroso, y ni
siquiera sabía su nombre; sin embargo, estaba seguro de haber heredado sus
ojos. Joram parecía esperar una respuesta, así que YooChun admitió: «Los
recuerdo», y sintió una especie de pérdida, como si al reconocer aquello,
hubiera entregado lo único que poseía de ella.
—Fue terrible lo que le sucedió
—dijo Joram.
YooChun permaneció inmóvil. No
había recibido ninguna noticia de su madre desde que los habían separado, como
seguramente sabía el emperador. Joram le estaba lanzando un anzuelo, quería que
preguntara «¿Qué? ¿Qué le ha pasado?». Pero YooChun no lo hizo, solo apretó las
mandíbulas, y Joram, con una sonrisa hiriente, añadió:
—Pero ¿qué se puede esperar de
los stelian? Una tribu salvaje, casi tan malvada como las bestias. Ten cuidado,
soldado, no se revele en ti la sangre de tus antepasados.
Y se marchó, dejando a YooChun
con el dolor abrasador de su hombro y una nueva cuestión que desvelar sobre la
que nunca se había preocupado antes: ¿Qué sangre?
¿Pudo ser su madre una stelian?
Carecía de sentido que Joram hubiera tenido una concubina stelian; no mantenía
relaciones diplomáticas con la «tribu salvaje» de las islas Lejanas, serafines
renegados que nunca habrían entregado a sus mujeres como tributo. Entonces,
¿cómo había llegado ella hasta allí?
Los stelian eran conocidos por
dos cosas. La primera, su férrea independencia —no formaban parte del Imperio
y, durante siglos, se habían negado con tenacidad a integrarse con sus
semejantes serafines—.
La segunda, su conexión con la
magia. Se creía que en las oscuras profundidades de la historia los primeros
magos habían sido stelian, y además se rumoreaba que aún practicaban un extraño
nivel de magia desconocido en el resto de Eretz. Joram los detestaba, porque no
lograba ni conquistarlos ni infiltrarse entre ellos, al menos mientras
necesitara concentrar sus fuerzas en la guerra contra las quimeras. No
obstante, los rumores que recorrían la capital no dejaban lugar a duda de hacia
dónde dirigiría la mirada el emperador una vez que las bestias fueran
derrotadas.
En cuanto a lo sucedido a su
madre, YooChun nunca lo descubrió. El harém era un universo cerrado, y ni
siquiera pudo confirmar que hubiera albergado a una concubina stelian, mucho
menos saber qué le había ocurrido. No obstante, el encuentro con su padre
impulsó algo en su interior: cierta afinidad con aquellos extranjeros con los
que compartía sangre, y curiosidad por la magia.
Permaneció en Astrae más de un
año, durante el que, aparte de recuperarse físicamente, entrenar y dedicar
varias horas al día a instruir a soldados jóvenes, pudo contar con de su
tiempo. Y a partir de aquel día, lo aprovechó. Descubrió lo que era el diezmo
de dolor, y gracias a su herida, disponía de una constante reserva a la que
recurrir. Observando a los magos —para quienes él, un zafio soldado, era
prácticamente invisible— aprendió a realizar los hechizos más básicos,
empezando por el control de la voluntad. Practicó con murciélagos-cuervo y
colibríes-polilla en la oscuridad de la noche, dirigiendo su vuelo,
alineándolos en V como los gansos en invierno, llamándolos para que se posaran
sobre sus hombros o sus manos.
Le resultaba sencillo, así que
continuó con el aprendizaje. No tardó en alcanzar los límites del conocimiento,
que no era mucho —lo que se consideraba magia en aquella época eran en realidad
simples trucos, ilusiones—. Nunca se engañó pensando que era un mago; sin
embargo, era ingenioso y, al contrario de los distinguidos fracasados que se
autodenominaban magos, no tenía que flagelarse ni quemarse ni cortarse para
conseguir poder —disponía de una fuente sosegada y constante—. Sin embargo, si
los superó, no fue gracias al dolor o al ingenio, sino a su motivación.
La idea que se había
transformado de algo inimaginable en una esperanza —ver de nuevo al chico
quimérico— era ahora un plan.
Constaba de dos partes, aunque
solo la primera implicaba el uso de magia: perfeccionar un hechizo que pudiera
ocultar sus alas. Existía una manipulación de camuflaje, pero era muy
rudimentaria, una especie de «salto» en el espacio que engañaba —a lo lejos— al
ojo para que el objeto en cuestión pasara desapercibido. No se trataba ni mucho
menos de invisibilidad. Si pretendía pasar desapercibido entre los enemigos
—que era exactamente lo que esperaba—, tendría que mejorarlo.
Así que se puso manos a la
obra. Tardó meses. Aprendió a sumergirse en su propio dolor como si se tratara
de un lugar. Desde su interior, todo se veía diferente —más anguloso—, y
las sensaciones y sonidos también resultaban distintos, atenuados y fríos. El
dolor era como una lente que aumentaba las sensaciones, los instintos, todo, y
gracias a él, después de incesantes pruebas y repeticiones, lo logró. Consiguió
la invisibilidad. Era un triunfo que le habría reportado fama y los mayores
honores del Imperio, y sintió una fría satisfacción al retenerlo para sí mismo.
La sangre de mis
antepasados, pensó. Padre.
La segunda parte de su plan
estaba relacionada con el idioma. Para dominar la lengua quimérica, se encaramó
al tejado del barracón de los esclavos y escuchó las historias que contaban a
la luz de su hediondo fuego de boñigas. Aquellos relatos eran inesperadamente
ricos y hermosos y, al escucharlos, no podía evitar imaginar a su chico
quimérico sentado junto a una hoguera de campaña y contando las mismas
historias.
Su chico quimérico. Se sorprendió pensando en él como suyo,
y ni siquiera le resultó extraño.
Cuando fue enviado de nuevo a
su regimiento en la bahía de Morwen, sintió que habría necesitado algo más de
tiempo para perfeccionar su acento quimérico, pero básicamente estaba preparado
para el siguiente paso, con toda su brillante y luminosa locura.
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