36.
HACER ALGO MÁS QUE MATAR.
Bastó un lucknow de su
bolsillo y un deseo susurrado para que las palabras de los serafines pasaran de
ser sonidos melodiosos a frases con significado —otro idioma para la colección
de ChangMin, y este muy valioso—. Por la mirada dura y fija del serafín y la
postura protectora de YooChun, ChangMin dedujo que estaban hablando de él.
—Solo asegúranos que él no es…
—dijo el serafín dejando que sus palabras se arrastraran hacia un horror
sobreentendido, como si suplicara a YooChun que desmintiera sus sospechas.
¿Quién creían que era? ¿Iba a
permanecer mudo mientras ellos hablaban de él?
—¿Qué? —Preguntó ChangMin —.
¿Qué es lo que no soy?
La sorpresa se congeló en sus
rostros cuando él abandonó su escondite detrás de YooChun. El serafín se
encontraba solo a unos pasos, mirándole sin parpadear. Tenía los ojos muertos
de un fanático religioso, y ChangMin sintió una enorme vulnerabilidad al no
encontrarse protegido por el cuerpo de YooChun. Pensó en sus cuchillos de luna
creciente inútilmente guardados en su piso, y luego se dio cuenta de que no los
necesitaba. Disponía de un arma perfecta para enfrentarse a los serafines.
Él era esa arma.
Una sonrisa surgió espontánea
de su yo fantasma.
—Si lo que quieres es ver mis
manos, solo tienes que pedirlo —dijo con excitación morbosa.
Y entonces, sobre el puente de Carlos, a la vista de todos los
curiosos, que, boquiabiertos, preparaban sus teléfonos y cámaras para capturar
el momento, y de varios policías que se aproximaban con cautela y gesto adusto,
se desató el infierno.
* * *
—¡No! —gritó YooChun, pero era
demasiado tarde.
JaeJoong se movió primero,
rápido como el filo de un cuchillo, pero ChangMin reaccionó con igual
velocidad. Levantó las manos y el aire se onduló con la descarga de magia.
Formó un entramado que permaneció inmóvil durante un segundo, como una
urdimbre, y luego estalló. Los bordes se expandieron hasta alcanzar a JunSu y YooChun,
que se tambalearon. Sin embargo, JaeJoong retrocedió instantáneamente, como un
insecto al que se espanta. Saltó con una acrobacia y aterrizó con tanta
violencia sobre sus pies que el puente se estremeció. Tras la embestida, solo ChangMin
permanecía en su sitio. Su pelo había quedado atrapado en una corriente
invertida, aspirado primero hacia delante y despedido luego hacia atrás, y
flotaba en el aire revuelto.
ChangMin seguía sonriendo, de
manera fría. Con el pelo alborotado y los ojos tatuados en sus palmas, tenía un
aspecto malévolo, incluso para KyuHyun, como una especie de dios cruel con un
poco convincente disfraz de muchacho. KyuHyun, Siwon y todos los demás
retrocedieron. JaeJoong deshizo el hechizo que ocultaba sus alas, y fue como si
desapareciera el velo que las había ocultado y se revelara un fuego abrasador. JunSu
imitó a su hermano y se colocó junto a él, y se formó frente a ChangMin una
línea de ataque con los dos ángeles, que inclinaban la cabeza para protegerse
de la magia que despedían sus hamsas.
YooChun se encontraba entre
ambos frentes, afligido, pero debía moverse hacia uno u otro lado. Un paso o
dos en cualquier dirección, solo eso, supondría una elección que lo marcaría
para siempre. Miró rápidamente a sus compañeros y a ChangMin.
—YooChun—dijo JaeJoong entre dientes.
Esperaba que se uniera a ellos.
Siempre habían estado los tres juntos, avanzando contra el enemigo, matando a
las quimeras, y dibujando después en sus manos las líneas que contabilizaban
sus presas con la punta de un cuchillo y hollín de la hoguera del campamento.
Para ellos, ChangMin no era más que otro tatuaje a la espera de su turno, una
línea más que marcar.
Al otro lado estaba ChangMin,
tan dispuesto a levantar sus manos y desatar la nociva magia de Rain.
—No tiene por qué ser así
—exclamó YooChun, pero su voz era débil, como si él mismo no creyera sus
palabras.
—Es así —respondió JaeJoong—. No te comportes como un
niño, YooChun.
Aún seguía entre ambos bandos,
ante dos futuros posibles.
—Si no puedes matarlo, vete
—dijo JaeJoong—. No tienes por qué verlo. Nunca volveremos a hablar de ello. Se
acabó. ¿Me oyes? Vete a casa.
Hablaba con apremio y
resolución. Creía realmente que estaba cuidando de él y que todo aquello —la
historia con ChangMin, tan incomprensible para él— era una especie de locura
que forzosamente olvidaría.
—No voy a regresar —respondió YooChun.
—¿Qué quieres decir con que no
vuelves a casa? —Exclamó JunSu—. ¿Después de todo lo que has hecho? ¿De todo
por lo que hemos luchado? Ha comenzado una nueva era, hermano. La paz…
—Eso no es paz. La paz es más
que ausencia de guerra. La paz es concordia. Armonía.
—¿Te refieres a armonía con las
bestias? —la desconfianza ensombreció el rostro de JunSu, y el disgusto, y una
ligera esperanza de que todo fuera un malentendido.
Cuando YooChun respondió, supo
que estaba cruzando la última frontera, más allá de cualquier posibilidad de
reinterpretaciones o retorno. Una frontera que debería haber traspasado mucho
tiempo atrás. Se había distorsionado todo tanto…; él mismo se había sentido
tan confuso.
—Sí, a eso me refiero.
ChangMin dejó de mirar a los
dos intrusos para contemplarlo. Aquella sonrisa maligna ya había desaparecido
de su rostro, y, al notar la confusión de YooChun, incluso sus manos levantadas
temblaron. Olvidó todas sus preocupaciones, sus preguntas, su vacío, todo quedó
eclipsado por la angustia de YooChun, que sentía como propia.
Llegaron los policías, que
vacilaron ante aquella escena de otro mundo. ChangMin vio sus rostros
perplejos, sus pistolas nerviosas, y la forma en que le miraban. Había ángeles sobre el puente de Carlos, y él los
estaba atacando. Él: enemigo de los ángeles, con su abrigo negro y sus malignos
tatuajes, con su pelo azul encrespado y sus ojos negros. Ellos: tan dorados, la
viva imagen de los frescos de las iglesias. En esa escena, él era el demonio, y
al mirar su sombra alargada tras sí, casi esperó descubrir que tenía cuernos.
No fue así. Su sombra correspondía a la de un chico, aunque en aquel
momento no parecía tener nada en común con su cuerpo.
YooChun, que un instante antes
había reclinado la cabeza contra sus piernas y llorado, permanecía inmóvil, y,
por primera vez desde que habían llegado los otros dos ángeles, ChangMin sintió
miedo. Y si se pusiera de su lado…
—YooChun —susurró ChangMin.
—Estoy aquí —respondió él, y
cuando se movió, fue hacia ChangMin.
Nunca había albergado ninguna
duda, solo la esperanza de que, de algún modo, la elección no fuera forzada,
que se pudiera evitar la confrontación, pero era demasiado tarde para eso. Así
que avanzó hacia su futuro y, colocándose entre ChangMin y sus hermanos, les
dijo en voz baja pero firme:
—No permitiré que le hagáis
daño. Hay otras maneras de vivir. En nosotros está hacer algo más que matar.
JunSu y JaeJoong clavaron sus
ojos en él. Inconcebiblemente, había elegido al chico. La sorpresa de JaeJoong
no tardó en transformarse en resentimiento.
—¿De verdad? —exclamó—. Es una
actitud muy oportuna ahora, ¿no crees?
ChangMin bajó las manos cuando
YooChun se colocó delante de su cuerpo, y no pudo evitar rozarle la espalda con
la punta de los dedos.
— ChangMin, tienes que irte
—dijo él.
—¿Irme? Pero…
—Sal de aquí. Evitaré que te
sigan —su voz lúgubre reflejaba el significado de aquellas palabras, pero la
decisión estaba tomada. Volvió un instante la cabeza para mirarle; tenía el
rostro crispado pero firme—. Nos encontraremos donde nos vimos por primera vez.
Prométeme que me esperarás allí.
El lugar donde se vieron por
primera vez. Jemaâ-el-Fna, el corazón de Marrakech, donde el fuego de su mirada
la había atrapado entre el caos de la multitud, atravesando su alma. YooChun le
urgió con voz ronca:
—Prométemelo. ChangMin, promete
que no te marcharás con Razgut hasta que te encuentre. Hasta que me explique.
ChangMin quería prometérselo. YooChun
le estaba jurando lealtad, incluso en contra de su propia estirpe. Seguramente,
él le había salvado la vida — ¿habría podido soportar el ataque de dos
serafines armados?—, a lo que había que añadir que le había elegido a él.
¿No era eso lo que siempre había deseado, ser elegido? ¿Ser querido? YooChun
había abandonado su propio mundo por él, y le estaba pidiendo que lo esperara
en Marrakech.
Sin embargo, algo implacable en
su interior retrocedió ante aquella promesa. Él la había elegido, pero eso no
significaba que él hubiera reaccionado del mismo modo en una situación similar
—frente a Rain, BoAh, Yasri y Twiga—. «Quiero que sepas que nunca te abandonaré
sin más», había asegurado ChangMin a Rain, y no lo haría. Él habría elegido a
su familia. Otra opción resultaba inimaginable, aunque en aquel momento la idea
de abandonar a YooChun le produjera verdadero dolor físico.
—Te esperaré tanto tiempo como
pueda. Es todo lo que puedo hacer —dijo ChangMin.
Tuvo la sensación de que el
fulgor de sus ardientes alas se atenuaba un poco. YooChun respondió con voz
apagada, y esta vez sin mirarle:
—Entonces, tendrá que ser
suficiente.
JaeJoong desenvainó su espada,
y JunSu tras él. Los policías se replegaron y alzaron las pistolas, gritando en
checo a los ángeles que bajaran las armas. La gente gritó invadida por una
especie de terror extático. KyuHyun, zarandeado por la multitud, mantuvo la
mirada en ChangMin.
YooChun, cuyas espadas,
cruzadas entre las alas, resultaban menos obvias, agarró las dos empuñaduras
por encima de sus hombros y las desenfundó con un armónico sonido metálico. Sin
mirar atrás, insistió:
— ChangMin. Vete.
ChangMin se acuclilló y, justo
antes de saltar hacia el cielo y desvanecerse en el éter en una ráfaga de azul
y negro, dijo con voz entrecortada y suplicante:
—YooChun, ven y encuéntrame.
Y desapareció, dejando que YooChun se enfrentara en solitario a
las consecuencias de su terrible elección.
Érase una vez un ángel
moribundo tendido entre la bruma…
Y un diablo que se
arrodilló junto a él y sonrió.
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