37.
PERDIDO EN UN SUEÑO.
YooChun era incapaz de contener
la sangre dentro de su cuerpo. Brotaba entre sus dedos y escapaba en chorros
calientes, empujada por los latidos de su corazón. No podía detener la
hemorragia. Era una herida terrible, e intentar taparla era como reunir unos
pedacitos de carne para tratar de alejar a un perro.
Iba a morir.
A su alrededor, el mundo había
perdido sus horizontes. La niebla ocultaba la playa de Bullfinch, y YooChun
escuchaba el sonido de las olas que rompían en la arena, pero solo divisaba los
cadáveres más cercanos: montículos grisáceos desdibujados entre la bruma.
Podían ser quimeras o serafines. Excepto el más cercano, no podía
distinguirlos. Ese se encontraba a solo unos metros de distancia, con la espada
de YooChun clavada en el cuerpo. Era una bestia mitad hiena, mitad lagarto, una
monstruosidad, y había desgarrado la carne de YooChun desde la clavícula hasta
el bíceps, rasgando su cota de malla como si fuera de tela. La bestia se había
aferrado a él, sus dientes clavados en su hombro, después incluso de haberle
atravesado el enorme pecho con la espada. YooChun había girado la empuñadura,
clavando más la hoja, girándola de nuevo. La bestia había lanzado un alarido
desde el fondo de su garganta, pero no lo soltó hasta que estuvo muerta.
Y mientras YooChun esperaba
tendido la llegada de su propia muerte, un bramido rompió el silencio posterior
a la batalla. Se puso rígido y se presionó con más fuerza la herida. Más tarde,
se preguntaría por qué había reaccionado de aquel modo. Debería haberse abandonado
y morir antes de que llegaran a donde él se encontraba.
El enemigo estaba recorriendo
el campo de batalla rematando a los heridos. Habían luchado todo el día y
obligado a los serafines a retirarse a la fortificación de la bahía de Morwen,
y no estaban interesados en hacer prisioneros. YooChun debería haber acelerado
su muerte, dejándose arrastrar por la tranquilidad que acompañaba a la pérdida
de sangre, algo parecido a quedarse dormido. El enemigo sería mucho menos
considerado.
¿Qué lo empujó a esperar? ¿La
esperanza de matar a una quimera más? Pero si era eso, ¿por qué no trataba de
arrastrarse para recuperar su espada? Simplemente permaneció allí, apretando su
herida, viviendo aquellos escasos minutos adicionales por alguna razón que no
comprendía.
Y entonces lo vio.
Al principio no era más que una
silueta. Grandes alas de murciélago, largos cuernos de gacela afilados como
picas —las características animales del enemigo—. Una profunda aversión invadió
a YooChun, que le vio detenerse junto a un cadáver y luego junto al siguiente.
Se acercó al cuerpo de la hiena-lagarto y permaneció allí largo rato —¿qué
estaba haciendo?, ¿un rito funerario?—.
Se volvió y deambuló hacia YooChun.
A cada paso su imagen se
definía más. Era delgado y tenía las piernas largas —delgados muslos humanos
que se convertían, a partir de la rodilla, en unas elegantes patas de gacela
rematadas por unas delicadas pezuñas hendidas con las que parecía moverse sobre
alfileres—. Sus alas estaban plegadas, y su modo de andar transmitía al mismo
tiempo gracilidad y tensión por la potencia reprimida. En una mano portaba un
cuchillo de luna creciente; otro igual pendía enfundado sobre su muslo. Con la
otra mano sujetaba un largo bastón que no era un arma. Estaba curvado como el cayado
de un pastor y llevaba algo plateado —¿un farol?— suspendido de un extremo.
No, no era un farol. No
desprendía luz, sino humo.
Avanzó unos pasos, hundió las
pezuñas en la arena y la bruma desveló su rostro, y el de él a aquel. Se detuvo
en seco al percibir que estaba vivo. YooChun se preparó para sentir un grito,
una arremetida repentina y más dolor cuando él le clavara el cuchillo, pero el
chico quimérico no se movió. Durante un largo instante se miraron el uno al
otro. Él ladeó la cabeza con un gesto burlón parecido al de un pájaro que no
denotaba violencia, sino curiosidad. De sus labios no brotó ningún alarido. Su
rostro permaneció serio.
Incomprensiblemente, era
hermoso.
Se acercó un paso más. YooChun contempló su rostro a medida que él
se aproximaba.
Deslizó su mirada por aquel largo cuello hasta las clavículas. Su
constitución era delicado, elegante y enjuta. Tenía el pelo corto, como el
plumón de un cisne, suave, oscuro y muy pegado al cráneo, lo que revelaba la
arquitectura de su rostro; perfecto. Una máscara de pintura negra rodeaba sus
ojos, y YooChun pudo ver que eran grandes —castaños y luminosos, vivaces y
apenados—.
Sabía que aquella pena era por
sus compañeros caídos y no por él, pero aun así se sintió traspasado por la
compasión de su mirada. Le hizo pensar que quizás nunca hubiera mirado
realmente a una quimera. Estaba acostumbrado a tratar con esclavos, pero estos
mantenían los ojos fijos en el suelo, y a guerreros como él solo los había
visto mientras eludían un golpe mortal o lanzaban otro, medio cegados por el
sangriento fragor de la batalla. Si ignorara su cuchillo ensangrentado y su
armadura negra ajustada al cuerpo, sus diabólicas alas y sus cuernos, si solo
se concentrara en su rostro —tan inesperadamente encantador—, parecería un
muchacho, un muchacho que había encontrado a un joven moribundo en la playa.
Durante un instante, fue eso.
No un soldado, ni el enemigo de nadie, y la muerte que se cernía sobre él
pareció carecer de sentido. Aquella forma de vida, ángeles y monstruos
encadenados a una sucesión de asesinatos y muertes, de muertes y asesinatos, se
presentó como una elección arbitraria.
Como si pudieran elegir sin más
no morir ni matar.
Sin embargo, no era así.
Aquello era lo único que existía entre ellos. Y aquel muchacho estaba allí por
la misma razón que él: masacrar al enemigo. Y eso implicaba matarlo a él.
Entonces, ¿por qué no lo hizo?
Se arrodilló a su lado sin
tomar ninguna precaución para protegerse de cualquier movimiento inesperado que
él pudiera hacer. YooChun recordó el cuchillo que llevaba a la cintura. Era
pequeño y no podía compararse con las fantásticas lunas crecientes de aquel
chico, pero podía matarlo. Con un solo gesto podría clavárselo en la garganta.
Su perfecta garganta.
YooChun permaneció inmóvil.
Estaba aturdido. Había perdido
mucha sangre. Y al contemplar el rostro que se inclinaba sobre él, se preguntó
si sería real. Podía tratarse de un sueño de moribundo, o tal vez la hubieran
enviado desde el más allá para recoger su alma. El incensario de plata colgaba
de su enganche, exhalando un humo con aroma herbal y sulfuroso, y mientras
aquella esencia lo envolvía, YooChun sintió que tiraban de él, que lo llamaban.
Mareado, pensó que no le importaría seguir a aquel mensajero hasta el
siguiente reino.
Imaginó que él lo guiaba y,
empujado por la serenidad de aquella imagen, retiró la mano de la herida para
acercarla a los dedos del muchacho y entrelazarlos con los suyos, resbaladizos
por la sangre.
Él abrió los ojos con sorpresa
y retiró la mano.
Le había asustado; no era su
intención.
—Iré contigo —dijo YooChun en
idioma quimérico, del que sabía lo suficiente como para dar órdenes a los
esclavos. Era una lengua áspera, una combinación de numerosos dialectos
tribales unificados por el Imperio y, con el paso del tiempo, convertidos en
idioma común. YooChun apenas oía su propia voz, pero el chico distinguió sus
palabras.
Miró el incensario y luego a
él.
—Esto no es para ti —respondió
retirando el bastón y clavándolo en el barro, donde la brisa pudiera arrastrar
el humo—. No creo que quieras acompañarme a donde yo voy.
Incluso con las inflexiones
animales de aquella lengua, su voz sonaba hermosa como una canción.
—Muerte —continuó YooChun.
Había dejado de presionar la herida, y la vida se le escapaba rápidamente. Los
ojos se le cerraban poco a poco—, estoy listo.
—Pues yo no. He oído que es
aburrido estar muerto.
Pronunció aquellas palabras con
tono frívolo, divertido, y él levantó los ojos hacia el chico. ¿Estaba
bromeando? El muchacho sonrió.
Sonrió.
Él también. Sorprendido, sintió
que una sonrisa se dibujaba en su boca, como un reflejo provocado por el gesto
de él.
—Aburrido, suena bien —respondió
dejando caer los párpados—. Tal vez pueda ponerme al día con mis lecturas.
El chico contuvo la risa con
una mano y YooChun, a la deriva, empezó a creer que estaba muerto. Sería
menos extraño que pensar que aquello estaba sucediendo realmente. Había perdido
la sensibilidad en el hombro destrozado y no se dio cuenta de que él lo estaba
tocando hasta que sintió un dolor intenso. Jadeó y sus ojos se abrieron de
golpe. ¿Lo había apuñalado después de todo?
No. Le había colocado un torniquete por encima de la herida. Eso
había provocado el dolor. Él le miró sorprendido.
—Te recomiendo que sigas vivo
—dijo el chico.
—Lo intentaré.
A continuación se escucharon
voces cercanas, guturales. Quimeras. El muchacho se quedó inmóvil y, con un
dedo sobre los labios, musitó:
—Shhh.
Intercambiaron una última
mirada. La bruma difuminó el sol tras él, delineando sus cuernos y sus alas
sobre un resplandor. Su pelo rapado tenía aspecto de terciopelo, parecía tan
suave como el cuello de una foca, y sus cuernos engrasados brillaban como
azabache pulido. A pesar de su perversa máscara pintada, su rostro era dulce,
su sonrisa era dulce. YooChun no estaba familiarizado con aquella
sensación que lo atravesó hasta llegar a lo más profundo de su pecho, donde no
imaginaba que se ocultaran sentimientos. Era tan nuevo y extraño como si le
hubiera aparecido de repente un ojo en la nuca, ofreciéndole una nueva
perspectiva de su entorno.
Quería tocar su cara, pero se
contuvo porque tenía la mano cubierta de sangre y, además, notaba pesado
incluso el brazo que no tenía herido y no se sentía capaz de levantarlo.
Pero el chico sintió el mismo
impulso. Alargó la mano, vaciló un instante y luego rozó con sus fríos dedos la
frente abrasada por la fiebre y las mejillas de YooChun, hasta detenerse en el
punto de su garganta donde latía débilmente su pulso. Los mantuvo allí un
momento, como para asegurarse de que la vida aún corría por sus venas.
¿Sintió cómo sus latidos se
aceleraban cuando lo tocó?
Y entonces, de un salto, se
levantó y desapareció. Aquellas largas piernas con pezuñas de gacela y músculos
definidos le impulsaron entre la niebla con saltos tan fluidos que parecía
volar, y sus alas ligeramente desplegadas y levantadas como cometas convertían
cada descenso en un movimiento de danza. A lo lejos, YooChun distinguió cómo su
silueta se unía a otras entre la bruma —bestias descomunales sin su ágil
elegancia—. Conversaciones que se dirigían hacia él, repletas de gruñidos, y
entre todas las voces la de él, tranquilizadora. YooChun confiaba en que los
alejaría de él, y así fue.
YooChun sobrevivió, y aquella
experiencia lo cambió para siempre.
—¿Quién te ha colocado este
torniquete? —le preguntó JaeJoong después, cuando lo encontró y lo llevó a un
lugar seguro.
Él contestó que no sabía.
Sentía como si hasta ese
momento hubiera pasado su vida deambulando por un laberinto, y en el campo de
batalla de Bullfinch hubiera hallado por fin el centro. Su propio centro —aquel
punto donde las emociones habían despertado del entumecimiento—. Ni siquiera
había sospechado que aquel lugar existiera hasta que el enemigo se arrodilló junto
a él y le salvó la vida. Le recordaba de forma difusa, como en un sueño, pero
no había sido un sueño.
Él era real y tenía su espacio
en el mundo. Estaba ahí fuera, como los ojos de los animales que brillan en la
oscuridad del bosque, un ligero resplandor en la más absoluta negrura.
Él estaba ahí fuera.
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